lunes, 27 de febrero de 2017

LA GUERRA DE LAS NARANJAS


El 27 de Febrero de 1801 se declaró la guerra a Portugal, llamada "la guerra de las naranjas"

Es frecuente que el tema de la histórica reivindicación de Olivenza por Portugal sea motivo de repaso del curioso pasado de ese lugar. 

En cambio resulta bastante desconocido que su retención por la corona española se debió a un incidente ocurrido en Sudamérica, en lo que hoy es Brasil, cuando los portugueses se negaron a devolver unos territorios ocupados militarmente aprovechando la tensión en la Península Ibérica por la grotesca Guerra de las Naranjas.

Olivenza es una localidad situada en el extremo oeste de la provincia deBadajoz, un lugar que en el Medievo fue una encomienda templaria y que luego se convirtió en moneda de cambio entre Castilla y Portugal a causa de las eternas disputas por el trono de la primera, en las que los lusos intervinieron a menudo. 

En 1297 el Tratado de Alcañices estableció las fronteras entre ambos reinos y cedió la posesión de esa ciudad -junto con otros territorios- al rey portugués Dionisio I. Sin embargo aún cambió de manos un par de veces: la primera cuando Portugal se separó definitivamente de España en 1640 tuvo que reconquistarla militarmente hasta que el Tratado de Lisboa de 1668 la dejó en el país vecino. La segunda fue en 1801, año en que quedó definitivamente incorporada a España por el Tratado de Badajoz.

Dicho acuerdo ponía fin a las hostilidades de la citada Guerra de las Naranjas, desatada por la negativa portuguesa a cerrar sus puertos a los barcos británicos, siguiendo el bloqueo continental decretado por Napoleón. Como un bloqueo no tenía mucho sentido si toda la costa atlántica ibérica quedaba libre para que el enemigo pudiera recalar y comerciar, el Emperador presionó al gobierno de Godoy para unirse a una expedición que impusiera su plan por la fuerza. Y dado que el ejército francés debía atravesar España para llegar hasta Portugal, lo lógico era que los españoles protagonizaran aquella campaña; al fin y al cabo, para eso eran aliados.

Manuel Godoy era secretario de Estado desde 1792 y quien había firmado varios tratados con Francia por los que establecía una alianza mutua contra Gran Bretaña y, aunque había tenido que abandonar temporalmente su ministerio, en 1801 volvió a retomar las riendas del ejecutivo tras la caída de Urquijo y Mazarredo. La solicitud de Bonaparte le venía como anillo al dedo para recobrar su prestigio, así que organizó un cuerpo expedicionario a cuyo frente se puso él mismo. 

Estaba compuesto por sesenta mil hombres aportados por los ejércitos de Andalucia (diez mil efectivos), Galicia (veinte mil) y Extremadura (treinta mil), más un contingente francés que, en la práctica, no llegó a participar en combate. Enfrente, el duque de Laföes disponía de cuarenta mil soldados para intentar detener la invasión.


Ésta comenzó en mayo de 1801 y en poco más de medio mes había concluido porque en realidad los lusos apenas presentaron batalla en Arronches y Elvas, donde la tropa entregó a su general un ramo de naranjas que éĺ hizo llegar a la reina María Luisa como ridículo trofeo, dando nombre al conflicto. Esa falta de resitencia se debió a que confiaban en que Godoy no aspiraba a arrebatarles territorio sino sólo a imponer el bloqueo. 

Sin embargo, durante el avance militar se habían ocupado casi una veintena de plazas; todas ellas fueron devueltas al firmarse la paz el 6 de junio (el mencionado Tratado de Badajoz) excepto Olivenza y Vila Real (actual Villarreal). España decidió quedárselas por los sucesos paralelos acaecidos en América.

Y es que, el enterarse de lo que pasaba en la metrópoli, las autoridades coloniales lusas se alzaron en pie de guerra contra los españoles, tal como recogió la orden del teniente general Sebastián Veiga Cabral da Câmara, aunque sin autorización expresa del virrey. 

Puesto que la guerra de las Naranjas se había iniciado sin declaración bélica expresa, se recurrió a usar milicianos y corsarios en vez de tropas regulares, y, así, una columna cruzó el río Piratiní -que servía de frontera natural- atacando varias guarniciones hispanas de Misiones Orientales del Uruguay y el Alto Paraguay. Varias localidades fueron cayendo, como Batoví, el fuerte de Santa Tecla, la Guardia de San Martín, San Miguel Arcángel, Santa Vitoria do Palmar… 

Los españoles se reorganizaron para enfrentarse al enemigo y se produjeron varios choques armados, todos en escaramuzas menores de pocos cientos de participantes. Lo paradójico de ese capítulo fue que la Guerra de las Naranjas sólo había durado dieciocho días, por lo que ya había terminado cuando la noticia llegó al otro lado del Atlántico. 

Consecuentemente, las operaciones militares continuaron varios meses hasta que se supo que España y Portugal estaban otra vez en paz. Eso sí, en un diálogo de sordos: como ninguno de los dos quiso devolver sus respectivas conquistas las cosas quedaron como estaban en ese momento, máxime teniendo en cuenta la forma en que evolucionaron luego, con ambos países ocupados por la Grande Armee, la monarquía hispana abdicando en Bayona y el rey luso Juan VI huyendo a Brasil.

En 1815, tras la caída de Napoleón y su destierro definitivo en Santa Helena, se celebró el Congreso de Viena, en el que las potencias europeas restablecieron el absolutismo. España salió de allí ignorada y tratada como una nación de tercera, pero Portugal tampoco pudo hacer valer su reclamación sobre Olivenza (que hoy se mantiene vigente aunque no activa, aunque los mapas portugueses siguen sin dibujar la frontera en ese tramo). 

En cuanto a Misiones Orientales, ya empezaban los primeros movimientos de emancipación y Brasil llevó a cabo la suya en 1822. Ese territorio vovió a estar en disputa entre 1825 y 1828, esta vez con las Provincias Unidas del Río de la Plata, que llegaron a ocuparlo, pero al firmar la paz retornaron a manos brasileñas y actualmente forman parte del estado de Río Grande do Sur.




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