domingo, 18 de octubre de 2015

¿ EN QUÉ JESUS CREÉMOS? HISTORIA Y FE (Parte V)


La fe y la historia pertenecen a dos esferas diferentes del conocimiento humano. Mientras que la historia es una ciencia que tiene su fundamento en la verificación de los hechos que narra, la fe es una virtud sobrenatural, cuya certeza se basa en la aceptación de la Revelación como Palabra de Dios y otorga al creyente la confianza en lo que esa Palabra comunica, supone un salto en el vacío en que el fundamento del saber no es la demostración sino el fiarse. De ahí que una historia cuya única base es la fe, es científicamente incierta, y una fe cuyo fundamento sea exclusivamente histórico deja de ser fe, para convertirse en ciencia. La historia necesita una comprobación científica, la fe nace de la confianza.
Por tanto, desde un punto de vista objetivo, la historia y la fe no se necesitan. Existe la historia humana documentada, que prescinde totalmente de la fe y es posible la existencia de una fe, y su vivencia en una religión, que tenga su base en una revelación desencarnada, espiritual, directa de Dios al hombre, que se sustente en una manifestación mística, sentida y vivida como experiencia fundante, sin necesidad de un acto empírico que la fundamente.
Teniendo claro que fe e historia son dos saberes distintos y autónomos, no por ello son incompatibles, sino que en la fe bíblica existe una estrecha relación entre ambas. La Biblia muestra un Dios que ha querido revelarse a través de la historia, haciendo de ésta el medio de su manifestación a los hombres. En el Antiguo Testamento se mostró, de muchas maneras, a un pueblo que fue conociéndole a través de los siglos y al llegar el momento culminante de la historia lo hizo a través del Hijo quien, habitando junto a Dios, lo ha contado a los hombres (Jn 1,18). El cristianismo basa las raíces de su fe en la historia de un pueblo y el fundamento de la misma en una persona, Jesús de Nazaret, que habiendo vivido en un momento histórico, reveló todo lo que conocía a unas personas concretas que le siguieron. Desde el momento mismo de la encarnación, fe e historia se relacionan. El Verbo de Dios se hizo hombre, habitó en medio del mundo y es en sus palabras y en sus obras donde se fundamenta la fe. La fe tiene una base histórica sin la cual el cristianismo sería distinto a lo que es.
Cuando en el cristianismo se separan la fe y la historia, se cae en dos posturas igualmente erróneas. Sin el reconocimiento de la historia que subyace en los evangelios, se cae en un docetismo, que ignora la encarnación, y dirige su interés a la experiencia creyente de la Pascua, negándole toda historicidad, y considerándola una certeza subjetiva con la que Dios se revela directamente a los hombres. Quienes así lo afirman se ven obligados a negar toda veracidad a los evangelios, defendiendo que son unos escritos, o apostólicos o de la comunidad, sin ninguna relación con los hechos. Las objeciones que hay que hacer a esta postura están ya insinuadas en lo anteriormente expuesto: el docetismo, con la negación del valor salvífico de la encarnación; la dificultad que supone admitir que diferentes comunidades muy distanciadas entre sí transmitan su evangelio como un testimonio histórico sobre Jesús, sus palabras y sus hechos. Si los evangelios no tienen una base histórica habría que aceptar un muy improbable acuerdo en la primerísima comunidad que aunara los criterios sobre la forma de la trasmisión y el mensaje a predicar. Y todo ello, cuando si lo que se quería era comunicar una nueva fe, lo podrían haber hecho, a la manera como la predicó san Pablo, sin apenas referencias al Jesús histórico.
Pero también existe un segundo error, el de un historicismo apologético, que confiesa que los evangelios contienen la verdad histórica de la vida de Jesús, a la manera de una biografía o acta de los sucesos. Considerarlo así lleva el peligro de convertir en conocimiento histórico lo que se trasmite como fe. Es necesario tener en cuenta que los evangelios escritos desde la fe y para suscitar fe, ofrecen una verdad salvífica en la que se confiesa a Jesús de Nazaret como el Salvador, el Hijo de Dios, la Palabra reveladora, y este salto supera a la historia y solamente se puede dar desde la fe. Los evangelios transmiten un mensaje que va más allá de la historia y exigen una superación de la misma para poder afirmar que comunican fielmente lo que Jesús hizo, en nombre de Dios, para la salvación de la humanidad. Es evidente que los evangelios superan lo puramente histórico y se adentran en el campo de la fe. De ahí que la instrucción de la Pontifica Comisión Bíblica "La interpretación de la Biblia en la Iglesia" (15-IV-93), afirme que al rechazo de la historia de la exégesis histórico-crítica, no debe suceder el olvido de la historia en la exégesis.
Los evangelios son una proclamación de fe basada en hechos históricos. La fe necesita de la historia como fundamento y la historia ayuda a una mejor comprensión de la fe. Fe e historia en los evangelios son inseparables. Un estudio exegético de los evangelios ha de tener en cuenta estas dos dimensiones, sin renunciar a ninguna de las dos, ya que éstos predican una verdad salvífica que proviene de lo que Jesús hizo y enseño. -> historia (el Jesús de la h.); historicidad; hermenéutica.  J. Fernando Cuenca, ofm

EL CRISTIANISMO, ORIGEN Y DIFUSIÓN

El cristianismo tiene su origen histórico en el judaísmo de comienzos de la era actual. Si bien Jesús de Nazaret se autoidentificó siempre como un judío devoto, en su doctrina y sus enseñanzas, Él mismo se identificó como el camino al Padre Celestial:

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Juan 14:6

En los evangelios hay amplia evidencia de que Jesucristo aseguró ser el único camino a Dios, lo cual sería enseñado así mismo por sus primeros seguidores, incluyendo a los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso.

No se conoce con precisión el número de seguidores que pudo alcanzar el cristianismo en vida de Jesús de Nazaret, ni cuántos seguían dentro de la comunidad cristiana por él fundada tras su muerte, ajusticiado por las autoridades seculares. Pocos años después de su muerte, Pablo de Tarso, un judío que —en el decir de los Hechos de los Apóstoles— poseía la ciudadanía romana, tuvo un papel destacado predicando y poniendo en contacto a diversos grupos cristianos del Oriente Próximo.El carácter misionero de Pablo de Tarso y otras figuras del cristianismo primitivo influyó de forma decisiva en toda la historia posterior del cristianismo.

Al final del siglo I, ya se habían constituido las cuatro corrientes básicas del cristianismo primitivo que terminaron por integrar el canon bíblico, y que podrían esquematizarse escriturísticamente en: (1) el cristianismo paulino, integrado por el corpus de cartas escritas por Pablo de Tarso y su escuela;2) el judeo-cristianismo, representado por los escritos derivados de las posturas de Santiago el Justo y de Simón Pedro; (3) el complejo cristianismo sinóptico (que abarca desde el judeo-cristianismo del Evangelio de Mateo hasta el pagano-cristianismo del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles), y (4) el cristianismo joánico.

La tarea de estos primeros cristianos llevó a la formación de comunidades cristianas en numerosos lugares del Imperio Romano, especialmente en su parte oriental. El sociólogo Rodney Stark, quien estudió diversas fuentes históricas para su libro El auge del cristianismo, concluyó que hacia el año 300 d. C., el cristianismo estaba difundido tanto entre las clases populares como en un número de personas ricas e influyentes de la sociedad romana, y se aventuró a situar la cifra de cristianos entre el 10 y el 25 % de la población del Imperio. Con el edicto de tolerancia del emperador Constantino I el Grande, el cristianismo se convirtió en religión legal y progresivamente en la religión favorecida por el estado. En las ciudades el número de cristianos siempre había sido mayor, y hacia el siglo V la población no cristiana del imperio se concentraba masivamente en zonas rurales (pagi), por lo que la religión olímpica acabó llamándose paganismo por ser importante solo en esas zonas.

Una vez convertida en religión mayoritaria del Imperio, el cristianismo se expandió a toda Europa. Los pueblos germánicos se fueron cristianizando progresivamente entre los siglos IV y IX. Cirilo y Metodio predicaron a los eslavos en el siglo X. El cristianismo había llegado a las islas británicas en el siglo V, cuando Patricio de Irlanda estaba activo en la región. A partir del siglo VII las potencias cristianas de Europa rivalizaron con las potencias islámicas. En el sur y centro de Europa, con la excepción de las zonas bajo administración musulmana, el cristianismo fue la principal religión desde antes del siglo IX hasta la actualidad. La expansión al norte de Europa y Europa oriental fue más tardía, pero también en esas regiones desde hace siglos el cristianismo ha sido históricamente la religión mayoritaria. Con la expansión europea en América hubo un esfuerzo deliberado por imponer ya sea pacíficamente, ya sea mediante coacciones, el cristianismo a las poblaciones de origen americano. Desde el siglo XVI los portugueses hicieron esfuerzos también por llevar el cristianismo a ciertas áreas de África y Asia, que estaban bajo su dominio. El auge del colonialismo europeo en África, Asia y Oceanía aumentó el número de cristianos en todo el mundo.

A la izquierda, mapa que muestra la expansión del cristianismo en Europa, sudeste de Asia y norte de África hacia los años 325 (azul) y 600 (celeste) de la era común. A la derecha, mapa que señala en violeta los países en los que la mayoría de la población profesa el cristianismo en la actualidad.

Según un estudio de 2005, habría en el mundo más de 2100 millones de cristianos,o cerca de un tercio de la población mundial, siendo la religión con más seguidores del mundo. Otro estudio, publicado en 2011, habla de 2180 millones de cristianos en el mundo.

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